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Marbella Club: la historia del paraíso que enamoró a la ‘jet set’ del mundo

Dos hombres y la recepción de un hotel fueron los responsables de convertir Marbella en una de las capitales del turismo de lujo junto con Saint Tropez o Mónaco. Estos dos hombres fueron el príncipe Alfonso de Hohenlohe (Madrid, 1924-2003) y el conde Rudolf von Shönburg (Wechselburg, Alemania, 1932) y la recepción, la del hotel Vier Jahreszeiten de Hamburgo, donde el príncipe y su mujer, la princesa Ira de Fürstenberg, se alojaron en 1956. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial la aristocracia europea había perdido no sólo sus títulos, sino también sus bienes.
El versátil y multifacético aristócrata español Ricardo Soriano Sholtz von Hemensdorff, Marqués de Ivanrey fue el primer promotor de Marbella quien en1943 compró la finca El Rodeo, con un extensión de 220.000 m2 (22 hectáreas) de su amigo Norberto Goizueto, quien a su vez poseía una inmensa parcela de 350 hectáreas en la zona. En 1945, Ricardo construyó y abrió las puertas del primer hotel de estilo “motel” americano de Marbella, el Hotel El Rodeo, e invito a varios de sus amigos a que visitaran la zona. En 1946 vino su sobrino, el príncipe Alfonso von Hohenlohe y el padre de Alfonso, el príncipe Maximiliano Egon von Hohenlohe-Langenburg, para así ver y experimentar Marbella en primera persona. El padre de Alfonso era un conocido aristócrata alemán, cuya familia data del siglo VI. Su madre, la marquesa de Belvís de las Navas, Maria Piedad de Iturbe, era igualmente conocida en España y su padrino era el rey de España, Alfonso XIII. Su linaje, unido a la pionera visión de su tío Ricardo, impulsó a Alfonso seguir promoviendo las ideas de su tío.

Durante esta batalla la familia von Shönburg vio cómo fallecía su patriarca y era despojada de sus pertenencias, por lo que su madre y sus siete hermanos tuvieron que refugiarse en el sureste de Alemania, “Wechselburg fue cedida a Rusia, que no era amiga de los aristócratas, y tuvimos que marchar a la zona ocupada por los franceses, donde vivían dos hermanas de mi padre, una de las cuales casada con el príncipe Max zu Fürstenberg, quien nos acogió y se convirtió en nuestro tutor. Mi vida ha sido la misma que si no hubiera tenido que exiliarme: una vida de castillo sin ser aristócrata”, recuerda el conde.

Parecida suerte corrió la familia Hohenlohe, que desde finales de la década de los 40 no gozaba de una buena situación económica, pues había perdido sus posesiones en Checoslovaquia durante la Primera Guerra Mundial, así como las de México en la Revolución, y muchos de sus bienes españoles sufrieron daños en la guerra civil. Fue la época en la que la aristocracia tuvo que comenzar a trabajar: el conde, en la hostelería, su auténtica vocación: “Mi tío me costeó los estudios en la mejor escuela de hostelería del mundo, la de Lausanne, en Suiza, para que fuera director de hotel”.

Una vez finalizados sus estudios trabajó como camarero en el Palace Hotel de St. Moritz, donde años antes había sido uno de sus mejores huéspedes. Más tarde ejerció como pinche de cocina en el Baunivage, de Lausanne y, finalmente, obtuvo el puesto de recepcionista en el Vier Jahreszeiten de Hamburgo, donde se encontró con su primo, Alfonso de Hohenlohe.

Imagen de una de las lujosas villas del club.

Imagen de una de las lujosas villas del club.

EL PRIMER CLUB SOCIAL
El príncipe fue el auténtico motor del turismo en la Costa del Sol: “Su madre, la princesa Pilar Iturbe, esposa del príncipe Maximiliano de Suecia, era española y tenía un terreno en Marbella. Cuando Alfonso lo visitó, en 1947, descubrió un paraíso, un lugar donde deseaba vivir, porque él era un jardinero nato y aquí podía desarrollar esa pasión. A partir de un olivar, toda la flora que existe en el Marbella Club la plantó él”, recueda el conde.

Pronto, el príncipe adquirió una finca anexa, infectada por filoxtera, por 150.000 pesetas, La Margarita, y allí construyó una casa y plantó un vergel. Faltaba poco para que naciera el Marbella Club. Los amigos del príncipe comenzaron a visitarle atraídos por una ciudad con un microclima en el que siempre era primavera, y compraron terrenos próximos para construirse sus casas, ya que el terreno era muy barato.

“Pasado un año, añoraban un lugar donde reunirse, tomar una copa o hacer una fiesta, además de un lugar donde comer si sus cocineras se ponían enfermas, o donde alojar a sus amigos”, comenta el conde Rudi, como cariñosamente se le conoce en Marbella, “por lo que le dijeron a Alfonso: En vuestra finca, en ese viejo cortijo que se está cayendo, ¿porqué no haces nuestro club? Así nació el Marbella Club, el primer club social de la ciudad, formado por un restaurante y 17 habitaciones. Nunca hubo un plan previo para crear Marbella, sino amigos que llamaron a otros amigos para tener compañía”.

A mediados de la década de los 50, Alfonso de Hohenlohe se había convertido en un auténtico relaciones públicas de su hotel: viajaba por todo el mundo atrayendo a todas sus amistades para que visitaran el sur de España, época en la que el conde Rudolf llegó a Marbella. “El hotel estaba casi tan primitivo como en sus primeros tiempos. Apenas 20 habitaciones alrededor de un patio frontal, y dos bungalows. No había nada: sólo un jardín grande que bajaba hasta el mar, donde Alfonso había plantado palmeras, césped traído de México, plantas tropicales… Pronto aquello pareció un pabellón de caza en Kenia”.

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